NO OLVIDARSE DE LAS COSAS TRASCENDENTES: UNA NUEVA LEY DE INDUSTRIA

Vivimos tiempos en que la inmediatez de las noticias y su dispersión global hacen que todos los días tengamos algo urgente por lo que interesarnos. Hay que echar la vista atrás, y como nos cuenta Harari en su último libro NEXUS, reflexionar en los momentos en los que los que dominaban el mundo – imperios romanos, persas o chinos – se tenían que contentar con ejercer su autoridad inmediata en torno a unos pocos territorios cercanos y controlados por una corte de súbditos muy próximos. Todo lo demás quedaba tan alejado en el tiempo y en la distancia que se tardaba mucho en influir sobre todos los centros de decisión. Ahora, sin embargo, se hace realidad el dicho de que un aleteo de mariposa en el remoto Pacífico puede generar un huracán en las riberas de nuestro cercano Mediterráneo.

 

Vivimos en estos tiempos y desgraciadamente no nos levantamos cada día sin tener una tormenta, de cualquier tipo, que finalmente deviene en un tornado en la política de los países que presumimos de mayor estabilidad institucional. Es sencillo dejarse llevar por esas corrientes de actualidad y dejar de mirar lo que de forma muy silente a menudo está configurando nuestra realidad en el medio y largo plazo.

 

Hoy voy a tratar de escapar de la tentación de hablar de nuevo sobre las posiciones urgentes en nuestro continente y en nuestro país para poner el foco en algo que se está cocinando y que todavía no ha atraído la atención de los líderes de opinión y por lo tanto de la ciudadanía. Me refiero a la construcción de una nueva política que defina cómo queremos que sea nuestra industria para los próximos treinta años.

 

Hace unos pocos meses (julio 2024) se nos dio a conocer un Anteproyecto de la futura Ley de Industria y la Autonomía Estratégica para el cual se abrió una Consulta Pública. El proyecto quiere reformular la vigente Ley que data del año 1992 y que se concibió para un entorno y unos tiempos que el paso de los años ha dejado, afortunadamente, muy superados. Por lo tanto, parece más que oportuna la iniciativa del proponente, que después de recibir una importante dosis de comentarios del sector interesado está en la senda de incorporar aquellas propuestas que le encajen con su iniciativa.

 

Es muy conveniente antes de pasar a comentar en detalle sus artículos sentar algunos principios que, en mi opinión, deberían ser ejes protagonistas de las apuestas contenidas en un proyecto con tanta ambición. Vayan por delante algunas líneas, que servirán para contrastar, cuando se conozca el texto que se ve a someter al legislativo, la coincidencia o discrepancia con el mismo.

 

Lo principal es que la ley tiene que estar centrada en el momento en el que va a desarrollarse y ahora nada puede quedar fuera de la reflexión que tras la pandemia COVID ha cambiado las reglas de equilibrio entre la globalización extrema y la Soberanía Tecnológica. La inclusión en el texto de la Ley del concepto Autonomía Estratégica adelanta que esta primera premisa se está teniendo en cuenta. Veremos cómo se concreta, pero tranquiliza ver que en el frontispicio de la propuesta se coincide con la formulación que la UE está haciendo al respecto. Nosotros desde el FEI y el IND+I, en el año 2022 lanzamos nuestras ideas sobre cómo se debía entender un futuro tal cual. Quedo a la espera de ver su materialización, negro sobre blanco, para pasar a emitir juicios de detalle.

 

El segundo gran eje que enmarque una Ley de esta ambición reside en el papel de los Gobiernos a la hora de marcar los dominios en los que actuar. Me refiero a los dos ámbitos donde se pueden marcar prioridades. Empiezo por el asunto de las materias en las que elegir actuar de forma a incentivar las acciones de desarrollo industrial y sigo por el aspecto territorial para indicar dónde se quiere que se sitúen los polos del futuro desarrollo.

 

En el primero, relativo a qué apoyar, me apunto a la corriente que tan acertadamente formuló Mariana Mazzucato, hace ya algún tiempo, en la que se propone que los Gobiernos señalen los grandes retos que tienen sus sociedades y reten a las industrias a aportas soluciones que los mejoren, con independencia de las tecnologías y los sectores involucrados. Esa idea de MISIONES que también ha recogido la UE debería estar, en mi opinión, dominando las propuestas de la futura Ley de Industria.

 

En segundo lugar, el aspecto territorial, la corriente que nos viene de Bruselas nos dice que tenemos que tratar de cerrar las brechas que se han venido creando entre las distintas regiones de nuestro viejo continente y para ello hay que animar la colaboración de los agentes, tratando de no repetir el viejo principio de concentrar en zonas muy definidas las capacidades especializadas. Los tiempos actuales, con una movilidad del talento y unas infraestructuras de comunicación muy diferentes, nos deben ayudar a reequilibrar esas diferencias que anteriores políticas, justificadas tal vez en su tiempo, ya no deberían ser respetadas.

 

El tercer eje debería respetar la estrecha relación entre industria de futuro y competitiva con las prácticas de la innovación empresarial. Debemos, con esta nueva regulación volver a hacer converger las dos sendas del progreso, el fortalecimiento del tejido industrial y la apuesta decidida, sin pudor como dice mi colega en estos temas Ezequiel Navarro. Espero que el nuevo texto indique la senda por la que transitar desde la indeseada situación del pasado hacia un escenario de convergencia para que el conocimiento y la empresa tengas los imprescindibles puntos de encuentro para generar riqueza.

 

Me paro aquí, con estas tres ideas básicas, pero adelanto que este tema de una definición de cómo y dónde queremos avanzar en la política industrial seguirá ocupando algunos de mis próximos post. Gracias por leerlos.

 

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